Revista
Ping Pong: ¿Cuál fue tu primer contacto con la publicación:
recitales, revistas, premios…?
Karen
Villeda - Soy una ortodoxa: no me permito hablar de mis pininos sin
antes mencionar mi encuentro con la Literatura. Ella me descubrió
en el regazo de mi abuela Mayito y los mamotretos de Derecho de mi
abuelo Memo. La música de fondo en la casa de mis abueletos (en el
sentido de “amuletos”) era una mezcolanza entre Frank Sinatra,
Los Panchos y Tchaikovsky. Siempre me hacía la enferma para no ir a
la escuela y mamá, que en esa entonces trabajaba, me dejaba
encargada con mi abueletos. Llegaba como a las siete de la mañana a
la casa de los abueletos y los observaba hacer sus ejercicios
matutinos. Mayito hacía pilates o yoga mientras Memo hacía
bicicleta estática frente a un librero repleto de Agatha Christie y
después caminaba en el jardín resguardado por cipreses. Se bañaban,
desayunaban abundantemente y mi abueleto se iba a lo que él llamaba
“cobrar”, trabajo que consistía en traerme nieves de limón y
lápices de colores de la marca Blancanieves. Mi abueleta hacía la
lista de la compra y planeaba la comida. Yo vivía pegada a sus
faldas y esperaba a que se desocupara para que me contara un cuento o
me platicara de sus viajes mientras me enseñaba los países de
Europa del Este en el globo terráqueo. Mi abueleto llegaba como a la
una o a las dos de la tarde con una nieve de limón para mí y las
Patoaventuras (o Archie en su defecto). A veces, no estaba mi abuela
o estaba muy ocupada. Entonces, mi tío Armando, solterón hasta los
treinta, jugaba conmigo a que él era el cadete Jacinto y yo la
Generala. Comíamos y yo ocupaba el lugar de mi tía Karen (de quién
heredé el nombre y el desasosiego) en la mesa de la cocina.
