por Ariadna Vásquez
El poeta frente a cada palabra del poema va creando su espejo, y frente a
éste: su propio yo desdoblado en otros que son él mismo y nosotros al mismo
tiempo; el hombre frente a sí mismo.
Un poema siempre es un espejo donde nos reconocemos, donde nos
vamos creando. De ahí la obsesión de muchos poetas por los espejos;
Baudelaire habló del espejo, Lautrêmont se vio en el espejo, Pizarnik huyó por la
repetición del espejo. Un espejo es la otredad frente a uno mismo. En El arco
y la lira i de Octavio Paz, la poesía se nos presenta como una revelación de nosotros mismos, un constante crearnos frente a la vida que es también la muerte, y es precisamente sobre la visión de la alianza de imágenes que devienen de términos aparentemente contradictorios como lo sagrado y lo profano, el ying y el yang, el paraíso y el infierno, de la que los poetas parten para crean ese otro universo que se nos aparece tímido ante nosotros.
y la lira i de Octavio Paz, la poesía se nos presenta como una revelación de nosotros mismos, un constante crearnos frente a la vida que es también la muerte, y es precisamente sobre la visión de la alianza de imágenes que devienen de términos aparentemente contradictorios como lo sagrado y lo profano, el ying y el yang, el paraíso y el infierno, de la que los poetas parten para crean ese otro universo que se nos aparece tímido ante nosotros.

