Asma.
Para ud es sencillo:
el aire ingresa y
egresa de sus pulmones,
infla uno a uno sus
alvéolos,
oxigena la sangre y
así
sin que ud note el
mínimo
acontecimiento.
Pero nosotros no:
nunca fue un acto
reflejo,
duele cada centímetro
cúbico de aire
y, por lo general,
nunca alcanza.
Aprendimos a morir
desde pequeños
entre vapores,
ventolín y el infierno rudo
de los rezos del
nebulizador.
Nosotros conocemos la
muerte antes que a ud
se le muriera un
abuelito, que en pack descanse,
arriando el ínfimo
retoño de O2 hacia el pecho
entre chillidos de la
carne que le niega el paso
meditando para vencer
el nervio histérico de yacer
ahogados sin una mano
que nos seque la febril testa.
Aprendimos a morir y
en eso sacamos ventaja,
aunque los años de
catecismo insistan
en igualarnos
mortales.