Eidos
Temí pensar que eras
tú y no un lugar, el motivo de mi alegría.
Regresé temblando,
como un niño perdido,
recorriendo los
desolados rincones,
y contemplando la
infinita y geométrica parra.
El aire era tan
distinto a todo lo demás,
como cuando estabas
conmigo.
Las calles, tierra
mojada hacia el atardecer,
me llevaban a los
mismos y maravillosos lugares:
el tranquilo y
solitario cementerio,
el silencio
irrepetible del silencio,
el efímero
entusiasmo de saber que no nos cruzaremos con nadie.
Yo quería vivir
allí, por siempre,
en ese mismo
momento, y bajo esas precarias circunstancias.
(Tú preferías
volver, hacia el gris y sórdido detalle)
Aquí las horas
desaparecen;
mientras somos,
estamos siendo también el mayor de los enigmas.
Un lugar perdido y
desconocido por todos me delata.