Homenaje a Marcel Duchamp
Hay cientos de mujeres por todas partes a todas horas inconclusas:
cierran o abren las piernas con delicado fervor.
Viven en el mismo país que las ánimas y se comen los dientes
dinamitados de los hombres que se amarran al hígado una vaca partida por la
mitad.
Al día siguiente la mujer del zócalo se despide del superintendente de una
pajarera del trópico.
En ese momento llegan dos niñas cojas cargando un ataúd. Se miran y salen
volando por una hendija del cielo.
Las otras mujeres echan al pozo la cabeza del dios – lince quien así en un
sueño lo dictara a su cocinero de algas venenosas.
El hombre – objeto que ha escuchado el sermón de la diosa se ha ido
reduciendo del tamaño
y ahora es un artefacto para el disimulo
un artefacto natural – desde luego.-
La mujer verde se ha comida los trozos
del hombre azul que pendía del techo
cabeza abajo sin sangre.
Todos hablaban de injurias y de refinamiento
menos la niña de los tomatones
la que tenía el sexo como una perita
que apretaba el corazón del demonio.
Antes no fue sino la mucama de un emperador de las orillas del río
Ozama.
El ocioso camarero del hotel vino a contarle que el mundo se había
terminado pero que todavía quedaban algunas hamburguesas sin
colonizar que por favor abriera un poco las piernitas para evitar la
congestión de los gases tóxicos.
Y así las matemáticas oníricas del viejo sermón se convirtieron luego en el
mal de nuestro siglo.