![[3.jpg]](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgUIcQrgdICvjT7UOXHUD2yLuFP61-hC4PR9BkZ284IIPCCmqzx_QdsKqqLK-BbwKnkMXdQWLcWZMrLVj0N9yhoDb38Ra0lwKpulfPpFHHgf5lcvDzjqTIvGVvftVtZt_nPAjUs7px6MrI/s1600/3.jpg)
por Mónica Melo
Los amigos van a tomar algo a Kaleen Coffee, prometí ir más tarde, prefiero pasear sola por otra parte de Tongling menos urbana. Tengo sed de escritura.
Reviso fotos de Ningbo. Me quedo detenida, triturada, ajena a mí misma por instantes.
¿Por qué saqué esas fotos?
Los soldados se fotografiaban junto a sus víctimas en la guerra civil española. Fue la primera guerra en donde los protagonistas retrataron a sus enemigos o compañeros de lucha. La aparición de la Leica, ligerísima, con una película de 35 milímetros, les permitía desplazarse libremente por entre los cuerpos moribundos y hacer planos de rostros: tiznes, muecas de horror, torniquetes y algodones, sangre y espontaneidad.
A Vietnam llegó la televisión. Pero nada como una imagen que se puede mandar. Que es un solo golpe en los ojos. Solo uno. Y perdura.