Trilobites
Guardo
pedazos de ti, el detrito de tu vida,
cuando
tenías una – un arete perdido en mi oficina
encontrado
demasiado tarde, una carta que enviaste para celebrar el nacimiento
de
mi tercer hijo, una nota garabateada que dejaste
en
el correo, y el curioso colgante lleno de trilobites
cubierto
en ámbar rosa, sus lomos enroscado y resonante
con
verde, un toque de rezumantes burbujas encerradas con colas como cometas…
Confiaba
en tales objetos, como si ellos pudieran retener
tu
cáncer como a un vampiro una cruz de madera.
Pero
moriste de todas formas.
Guardo
el pendiente con los trilobites, siento su suave presencia
en
mi palma, sostengo lo que una vez sostuviste.
Recuerdo
la primera vez en que lo vi sostenido
por
tus largos dedos de artista en un mercado de pulgas
para
engañar turistas en Santo Domingo, 1996.
Me
preguntaste que eran esas criaturas escondidas dentro.
Empecé
a decirte cómo
millones
de años atrás los trilobites vivían.
Estaba
a punto de crear alguna metáfora acerca
de
la sobrevivencia,
pero
me malinterpretaste y pensaste que tan sólo quería el pendiente como si el
objeto en sí mismo importara.
Aun
conservo esos condenados trilobites.