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22/5/15
18/4/08
Tres poemas de Jorge Galán
Primero vio el árbol y luego escuchó el pájaro.
Era un pino alto y viejo y robusto,
amarillo y verde a un tiempo y tupido en sus ramas.
Era un pino alto y viejo y robusto,
amarillo y verde a un tiempo y tupido en sus ramas.
Él se acercó.
El canto del pájaro era brusco y hermoso
de la misma forma que un río lo es en el invierno.
El día había pasado de la frescura a la tibieza
pues se acercaba el mediodía.
Él buscó entre las ramas el plumaje y el pico,
miró aquí y allá, más cerca del tronco y más lejos,
se movió buscando a la derecha y a la izquierda
y a la izquierda otra vez y a la derecha,
el ave seguía cantando y el árbol creciendo.
de la misma forma que un río lo es en el invierno.
El día había pasado de la frescura a la tibieza
pues se acercaba el mediodía.
Él buscó entre las ramas el plumaje y el pico,
miró aquí y allá, más cerca del tronco y más lejos,
se movió buscando a la derecha y a la izquierda
y a la izquierda otra vez y a la derecha,
el ave seguía cantando y el árbol creciendo.
Súbitamente, al mover la cabeza, en un hueco
que formaba el follaje, entre una rama delgada y otra rama,
se halló al sol por entero,
un terrible astro duro cincelado sin tregua por las primeras manos
en un extraño oro incomparable.
Él quedó ciego.
El día se hizo blanco.
que formaba el follaje, entre una rama delgada y otra rama,
se halló al sol por entero,
un terrible astro duro cincelado sin tregua por las primeras manos
en un extraño oro incomparable.
Él quedó ciego.
El día se hizo blanco.
¿Me pregunto quién era de los dos el maligno:
si el pájaro o el árbol?
si el pájaro o el árbol?
(de Breve Historia del Alba)
Tres poemas de Roxana Elena Méndez Arévalo
Memoria
Todo es presente ahora: mis ojos desatados
pueden ver la penumbra del cielo en este instante,
y en ese cielo inmenso, tan extraño y distante,
vuelan aves de siempre sobre sueños pasados.
Otras calles retornan y es presente en mis labios
que besan las siluetas de los que ya han partido:
los niños de otras tardes y el viento conmovido
que trae de la iglesia su aroma de incensarios,
y las beatas señoras musitando oraciones
y el abuelo en el patio cantándonos canciones
y las lentas campanas de las cinco doblando.
Las calles imprecisas retornan al silencio
y ese cielo de ahora que sufro y que presencio
comprendo que es de un día que existió no sé cuándo.
pueden ver la penumbra del cielo en este instante,
y en ese cielo inmenso, tan extraño y distante,
vuelan aves de siempre sobre sueños pasados.
Otras calles retornan y es presente en mis labios
que besan las siluetas de los que ya han partido:
los niños de otras tardes y el viento conmovido
que trae de la iglesia su aroma de incensarios,
y las beatas señoras musitando oraciones
y el abuelo en el patio cantándonos canciones
y las lentas campanas de las cinco doblando.
Las calles imprecisas retornan al silencio
y ese cielo de ahora que sufro y que presencio
comprendo que es de un día que existió no sé cuándo.
Dos poemas de Krisma Mancía
Es primavera y no puedo verla
A Jorge Basilago y Carmen Rivas,
que me enseñaron un trozo de Buenos Aires.
que me enseñaron un trozo de Buenos Aires.
Es primavera y no puedo verla, me dijo el ciego,
sólo puedo sentir una vela a medio acabar, una esperanza
de flores perfeccionadas dentro de una vitrina.
Pero, vos quién sos, y de dónde venís. Y si venís del Salvador
escoge la hoja más marchita,
las que todos patearon en una vereda de Buenos Aires,
ella tiene mi tacto, guárdala
y seguí caminando.
Buenos Aires y su sol, su cielo caprichoso
y su enorme cofradía de monumentos te abrieran el paso.
Vos caminá y no me hables del amor.
¿Qué sabes vos de un beso dado a media calle?
Vos caminá y cuando llegués a la flor que se cierra y se abre durante el día
encontrarás a una mujer con perlas podridas en la boca.
Se llama Ausencia. Antes fue mi mujer,
pero un día no soportó las tinieblas que se acumulan
en los rincones de mis ojos. Dijo que iba
a buscarme la luz y nunca volvió.
Ahora caen mil noches sobre mi sonrisa, sobre mi corazón.
A mi mujer la conocí convertida en una estatua. No recuerdo
si era una diosa o si era la dama de una muerte.
Sólo recuerdo el perfume de su distancia, la caricia planetaria de sus ojos,
la amargura de su boca.
Dale el tacto vegetal y pregúntale si reconoce esa caricia.
Tal vez se duerma tranquila.
Tal vez no pregunte por mí.
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