Por
Jeymer Gamboa
Lo recuerdo en la compra-venta de libros que estaba en la entrada del
vegetariano en San Pedro. No sé si todavía está esa pequeña jaula de libros
donde Felipe se atrincheraba a leer poesía maldita, fumar Rex y beber café
espeso. La última vez que lo vi fue en ese local hace unos tres años. Era una
pequeña librería, pero con el pasar del tiempo para mí se había convertido en
un consultorio. Por lo general me atendía a la una de la tarde y después a las
seis que eran los momentos en que me salía del trabajo. Aunque a veces había
que buscarlo en el bar colindante o en el mítico Fitos donde comenzaban sus
provocadoras conversaciones.
