por Dario Jaramillo Agudelo
Que en un congreso de la lengua se proponga una
mesa con el tema del amor, ineludiblemente lleva a establecer unas relaciones
que, no por obvias o por salaces, deben dejarse de señalar.
Sin prevenciones, para una mente menos zumbona
que la mía, el amor y la lengua pueden querer aludir a las palabras para decir
el amor y, en mi caso particular, la expresión poética del amor. Sin
duda más adelante me referiré a este punto porque el aspecto que quiero tratar
antes es el lado lúbrico (y lubricante) del asunto: la lengua como instrumento
del amor, la lengua que no está modulando palabras de amor sino la lengua, cómo
decirlo, ejecutado el amor. La lengua que besa, la lengua que lame, la lengua
que chupa, la lengua que explora.
Se me dirá que tal vez ese no sea el abordaje
adecuado en un evento como esta reunión de academias que estudian la lengua
entendida como lenguaje. ¿Será que el idioma sin palabras de la lengua
utilizada como instrumento erótico no califica para este pomposo evento?
