29/4/16

Siete poemas de Louise Glück



Semejanza final

La  última vez  que vi a mi padre  ambos hicimos lo mismo.
El estaba parado en la puerta de su habitación,
esperando que yo acabase de hablar por teléfono.
Que él no estuviera pendiente a su reloj
era una señal de que quería conversar.

Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.
El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta.   
Y en eso consistía. 

Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad.
Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca  en la marquesina.

Mi padre y yo evitábamos estar solos;
No lográbamos conectarnos, hablar por hablar.
Era como si no existieran
otras posibilidades.
Así que esta era especial: cuando un hombre se esta muriendo,
hay de que hablar.    

Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle
los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardinero
apareció al final de la cuadra
hasta que se detuvo para estacionarse.

Mi padre quería contarme cómo era eso de morirse.
Dijo que no estaba sufriendo.
Dijo que se había quedado esperando el dolor, aguardando, pero nunca vino.
Lo único que sentía era una especie de debilidad.
Le dije lo mucho que me alegraba, que me parecía que tenía suerte.  
Algunos de los maridos se subían a sus carros para ir al trabajo.
No gente que conociéramos. Nuevas familias,
familias con niños pequeños.
Las amas de casa se paraban en la marquesina,  gritando o haciendo ademanes. 

Nos dijimos adiós como acostumbrábamos,
Sin abrazarnos, nada dramático.
Cuando el taxi vino, mis padres lo observaron desde la entrada,
Agarrados de las manos, mi mamá tirando besos como suele hacer,
ya que le molesta cuando una mano no se  está usando.
Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.
Esta vez saludó. 

Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.
Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.

  
 Confesión

Mentiría si digo que no tengo miedo.
Le temo  a la enfermedad, a la humillación.
Como todo el mundo tengo mis sueños.
Pero he aprendido a esconderlos,
a cuidarme a mí misma
de la plenitud: cualquier felicidad
atrae a las Furias del Destino.
Son hermanas, salvajes.
No poseen ningún tipo de emoción,
sólo envidia.

Fantasía 

Les voy a contar algo: la gente muere
a diario. Y eso es sólo el principio.
Cada día las funerarias están dando a luz
nuevas viudas, nuevos huérfanos.
Sentados con las manos juntas,
tratan de dilucidar esta nueva vida.

Luego están en el cementerio, algunos
por primera vez. Tienen miedo de llorar,
algunas veces de no llorar. Alguien se aproxima,
les explica lo que deben hacer ahora,
que podría ser dar un breve discurso
o arrojar tierra a la tumba abierta.

Y tras esto, cada uno retorna a la casa
que está de repente llena de visitantes.
Imponente, la viuda se sienta en el sillón,
por lo que la gente se le va acercando en fila,
en ocasiones toman su mano, en ocasiones la abrazan.
Ella tiene palabras para todos,
les agradece, les agradece su presencia.

Aunque en su fuero interno quiere que se larguen.
Quiere estar de vuelta en el cementerio,
de vuelta en el lecho del enfermo, en el hospital.
Ella sabe que es imposible. Pero su deseo de retroceder,
es su única esperanza. Y sólo un poquito,
no hasta llegar al matrimonio o al primer beso.


Santas

En nuestra familia había dos santas,
Mi tía y mi abuela.
Pero sus vidas  fueron distintas.

Mi abuela era tranquila, incluso al final de su vida.
Ella era como una persona andando en aguas  calmadas;
Por alguna razón
El mar no se atrevía a hacerle daño.
Cuando mi tía tomó el mismo camino,
las olas rompieron contra ella, la atacaron,
que es la forma en que El Destino
le responde a quienes tienen una
verdadera naturaleza espiritual.

Mi abuela fue cuidadosa, conservadora:
de ese modo ella evitó el sufrimiento.
Mi tía no escapó de nada:  
cada vez que el mar se retiraba,
alguien que ella amaba era arrastrado lejos.

Aún así, ella no experimentó
el mar como algo maligno. Para ella, era lo que era:
tan pronto tocaba la orilla se volvía violento. 


Amor perdido 

Mi hermana pasó gran parte de su vida en la  tierra.
Ella nació, ella murió.
En el medio,
ninguna mirada de atención, ninguna oración.

Ella hizo lo que lo bebés hacen,
lloró. Pero no quería que la alimenten.
Aun así, mi madre la abrazaba, intentando cambiar
primero su destino, luego la historia.

Algo cambió: cuando mi hermana murió,
el corazón de mi madre se volvió
muy frío, muy rígido,
como un pequeñito pendiente de acero.

Entonces me parecía que el cuerpo
de mi hermana era un imán. Podía sentir cómo
acercaba el corazón de mi mamá a  la tierra,
para que creciera.  


Una novela

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia;
los personajes son muy similares. Además, todos son mujeres;
había solamente un héroe.

Ahora el héroe está muerto. Como los ecos, las mujeres duran más;
son tan fuertes por su propio bien.

De ahora en adelante, nada cambia:
no hay trama sin un héroe.
En esta casa, cuando hablas de una trama 
te refieres a una historia de amor.

Las mujeres no pueden dejar de moverse.
Ah, ellas se visten, ellas comen, ellas cuidan su apariencia.
Pero no hay acción, no hay un desarrollo de los personajes.

Están todos abocados a suprimir
la crítica del héroe. El problema es
su debilidad; su escena precisa; 
cuál es su función pero no su naturaleza.

Quizás eso explica porque su muerte no fue tan conmovedora.
Primero él preside la mesa,
donde su poder patriarcal es más necesitado.
Luego se muere, unos metros más allá, su mujer sosteniendo un espejo debajo de sus narices.

Es asombroso cómo se mantienen ocupadas estas mujeres: 
la mujer y sus dos hijas.
Poniendo la mesa, recogiendo los platos.
Cada corazón atravesado por una espada.  


Día del trabajo 

Hace exactamente un año de la muerte de mi padre.
El año pasado hacía calor. En el funeral, la gente habló sobre el 
         clima.
Cuanto calor hacía para septiembre. Que fuera de temporada.

Este año hace frío.
Ahora sólo estamos nosotros; la familia inmediata.
En el lecho de flores,
trozos de bronce, de cobre.

Enfrente, la hija de mi hermana monta su bicicleta
de un extremo a otro de la acera, 
así como lo hizo el año pasado. Su deseo
es que el tiempo pase.

Mientras para el resto de nosotras
una vida completa no es nada.
Un día, eres aquel rubio que le falta un diente;
al siguiente, un viejo que se queda sin aire.
Viene siendo nada, en realidad, apenas
un instante en la tierra.
No una frase, sino un aliento,
una cesura.


(Traducción Frank Báez) 

Louise Glück es la autora de doce poemarios y una colección de ensayos. Entre sus premios destacan el Pulitzer Prize,  el National Books Critics Circle Award, el Bollingen Prize y el Wallace Stevens Award de la Academy of American Poets. Es profesora de Yale University y vive en Cambridge, Massachusetts.