GnR en CDMX
(o donde se retoma el tempus fugit)
Ay, tal vez no fui, querido Axl,
porque no quería verte así:
gordo y sentado, rey vencido.
Habiendo perdonado a tu enemigo,
O, tal vez, porque no quise
que me vieras a mí, así: tan bien
casada, madre, adaptadita,
ama de casa, aburguesada.
¿A dónde fueron a parar, querido Axl,
la bandana roja y negra que ceñía
mi muñeca, las remeras, los pósters,
los collares de cadena?
Los aros los conservo. Guardados.
No queda bien una señora que en la oreja
lleva una bala, un colmillo, un esqueleto.
Hoy, heme aquí, a cincuenta en Insurgentes
escuchando por la radio emocionada
la crónica de anoche, del concierto,
(parece que llovía, yo dormía, Greta
va a la escuela a la mañana).
¡Ay, Axl! Debería haberte visto entonces
cuando tocaron en Baires, cuando todas
éramos jóvenes y bellas, en la gloria,
en la década más rara de la historia.
Vivía en La Pampa todavía y me negaron
el dinero, el permiso. ¡¿Por qué a mí?!
¡No es justo! ¡No me entienden! Pataleaba,
lloraba, como ahora.
El tiempo huye, Axl, de nosotros.
Ya no podemos mezclar armas con rosas
(ni vino con cerveza u otras cosas).
A las amigas de entonces: Leonela, Ana, Jésica, Laura, Clara y Paz.
A Maricela, por su Beatus
(inédito)